Pages

jueves, junio 04, 2015

RECIO ZAGUERO (CUENTO)

  La última vez que vi jugar a Martín Carrasco distó mucho de la primera. Hace diez años había sido mi primer contacto con su juego. Me habían hablado de un promisorio zaguero central, sin ductilidad, pero con una firmeza y fiereza impropias de un back de 18 años.

  Acosado por la insistencia de conocidos y no tanto, aproveché que habían programado un encuentro de Norte, su equipo, el domingo a las once de la mañana y concurrí a la cancha del pueblo que limitaba con un tramo de la vía del tren. Era un horario ideal, ni demasiado temprano como para despilfarrar las mayores horas de sueño que me daba la semana, ni lo suficientemente tarde como para perderme el clásico almuerzo familiar. No era en el turno de la tarde, que me hubiera hecho perder lo mejor del día, ni en el de la noche, que hubiese condicionado hasta cierto momento cualquier actividad que pudiera desarrollar en la única jornada de descanso con la que contaba cada seis días. 

  Llegué cinco minutos antes haciendo valer las ocho cuadras que separaban mi casa de la cancha de Norte. No había mucha gente, algo lógico teniendo en cuenta que ni el local ni República, el rival, peleaban por algo en el torneo local. Ambos deambulaban por la mitad de la tabla y veían con buenos ojos el final del año futbolero, al que le quedan apenas tres fechas en el calendario de noviembre.

  Me senté en la tribuna de madera, la única de la cancha, que se encontraba en el mismo lateral de la entrada principal. No terminé de pedir el café que tomaba como despertador cada vez que iba a ver un partido en ese horario, que Norte saltó al terreno de juego. Recién una vez que el gentil vendedor me acercó el vaso plástico hirviendo con el líquido deseado, le puse un sobre de azúcar, lo batí y di el primer sorbo con cierto temor, no por lo caliente del contenido, sino por el dudoso gusto del mismo, levanté la cabeza y activé el radar en busca del número dos del que me habían hablado tanto.

  Y ahí estaba. Enfundado en la clásica camiseta roja y amarilla a rayas verticales, vi a un joven rubio con pelo largo y tez blanca, cara de nene y nula pinta de recio zaguero. Tal es así que por un momento pensé que el grupo de personas que tanto lo habían alabado se habían confabulado en mi contra para hacerme perder poco más de noventa minutos de mi vida en algo que no lo valía en absoluto.

  Pero una vez que sonó el pitazo inicial y Martín Carrasco hizo su primer cruce del encuentro y de mi vínculo con él, me di cuenta que no, que todo era cierto. Aquella primera intervención, arrojándose a los pies del experimentado delantero rival Ramón Arias, dejándolo maltrecho pese a que sólo le había tocado reglamentariamente el esférico, despojaron todas las dudas que habían invadido la prejuiciosa mente de mi endeble existencia. Mi más de veinte años viendo futbol me daban la certeza que nunca antes había habido en el pueblo un jugador de esa edad, con esas características, en ese puesto, un sitial que generalmente se preserva para futbolistas experimentados, con más de treinta abriles y una buena cantidad de batallas bajo el lomo.

  Durante aquel partido Carrasco se lució como si le hubieran avisado que en lugar de un curioso e insignificante ser humano de la región (léase yo) lo iba a ver exclusivamente a él un emisario de un club capitalino para evaluar las chances de incorporarlo a las huestes de su institución. El recio zaguero no llegó tarde a ninguna pelota; reacomodó con gritos y retos a sus compañeros de la defensa, todos mayores que él, cuando la última línea quedó descompensada; revoleó el balón cuando debía revolearlo;  “acomodó” a algún oponente con criterio, como para mostrar presencia y engendrarle terror, sin que el árbitro lo viese; hizo tiempo sutilmente una vez que Norte se puso 1 a 0 arriba (resultado final) y se ganó los aplausos de la parcialidad de su equipo cuando se elevó en las alturas del área rival y estrelló un cabezazo en el parante derecho. Actuación perfecta, eficiente, sin lucidez, como el puesto lo requiere, pero impecable.

  Pasaron los encuentros, los campeonatos y Carrasco siguió igual. Y mejor. Con 20 años ya no era sólo el patrón de la defensa sino también el capitán del equipo. Ya no sólo iba a buscar el cabezazo en algún tiro de esquina sino que pateaba los penales y hasta algún tiro libre que requería la potencia de su pie derecho antes que un elegante remate. Carrasco era ídolo, genio y figura del fútbol local.

  Carrasco exponía cierta torpeza en sus movimientos pero se conocía de memoria el manual del zaguero central. No le pasaba la pelota a sus compañeros con galanura pero rara vez equivocaba una cesión. No le sobraba el físico pero tenía una lucidez impropia de un jugador de estos lares para hacer fallar a los rivales que se cruzaran por su territorio. Carrasco podía jugar feo para los extremadamente líricos pero infundía una paz, una tranquilidad, para futbolistas, técnico e hinchas de su equipo, que no abunda hoy en día en este deporte. Siempre con gesto adusto y pocos amigos, Carrasco parecía inmune a cualquier traspié.

  Seguí la campaña de Carrasco en Norte varias veces en desmedro de ir a ver a Estrella, mi equipo. Y hasta padecí un gol suyo en un choque que dejó al club de mis amores fuera de la lucha por  el título. Así y todo no claudiqué y siempre que pude lo iba a ver porque era un futbolista cumplidor no como algunos de los elegantes que jugaban en la Liga y que tenían en los partidos baches que más bien parecía cráteres.

  Por eso cuando me tuve que ir del pueblo por contingencias personales y en uno de mis escasos regresos esporádicos y silenciosos los mismos que me invitaron a descubrir a Carrasco me decían que tenía que comprobar en lo que se había convertido, dudé. Pensé que era mejor quedarme con aquellas imágenes de sus épocas mozas y dejar a un costado cualquier probabilidad de aniquilar de mis disco rígido mis momentos de goce con su particular juego. Atesorar lo que vi y lo que me imaginé gracias a las proezas que me contaban que había realizado el notable defensor en mis tiempos de ausencia y no incinerarlas por un presente de vacas flacas. Sin embargo no pude con mi genio y fui.

  El partido de Norte era el domingo a las 15hs. y ante Juniors. Me levanté a las 10, compré el diario y me fui a tomar un café con leche al bar del club, de mi Estrella. Los pocos parroquianos presentes me miraron no de buena manera cuando los consulté sobre la actualidad de Carrasco, quien en definitiva no era otro que el que nos había arruinado las chances de campeonar unos años atrás. -“Por suerte está terminado! – dijo entre sornas uno de los socios que, como los otros, había quedado con la sangre en el ojo desde aquella derrota. 

  Tras cartón, José, el concesionario del buffet, me acercó un artículo de “Nuestras Noticias”, el matutino local, que titulaba: “El mal momento de Martín Carrasco” y en el que se graficaban las malas actuaciones que el zaguero había cosechado en los últimos tres…meses. Pifias increíbles, goles en contra (sí, goles, en plural), falta de concentración en la marca, tantos rivales por no salir a achicar a tiempo y dejar habilitados a más de un contrario, expulsiones y un sinfín de jugadas nuevas para el currículum del otrora eximio zaguero.  “Las desafortunadas lesiones de los otros defensores del escueto plantel de Norte obligan al técnico Loyola a mantener a Carrasco en la formación titular” explicaba parte de la nota dando a entender el porqué de tantas malas performances en un tiempo tan prolongado.

  Yo no salía de mi asombro. Era inverosímil pensar en tan estrepitosa caída de un futbolista de 28 años. Esa debacle puede pronunciarse en el umbral final de una carrera pero no a esa edad, en plena vigencia aún. Pero evidentemente así era.

  Salí del buffet y fui para la casa de los viejos con ganas de comer temprano para ir a cancha de Juniors un buen rato antes. Almorzamos ravioles y salí presuroso poco después de las 14hs, una vez que comí la deliciosa ensalada de fruta que preparaba mamá. Me costó hacer arrancar el Falcon, sin problemas mecánicos. Supongo que fue por el apuro o por los nervios de tener que enfrentarme a la cruda realidad del terrorífico momento de Carrasco.

  Llegué en diez minutos. Al fin y al cabo la cancha no me quedaba lejos y el tránsito en un pueblo no es tránsito. Saqué la entrada y fui a paso lento rumbo a la platea de cemento, la única en esa condición que existía en el lugar que me había visto nacer y en la que convivían sin caos ambas parcialidades. Si bien en el pueblo te conocés con todo el mundo, el único de los hasta allí presentes con el que tenía trato era con el “Mono” Palmisiari, compañero mío en la época en la que trabajé en la dependencia local del Correo. Él era fanático de Norte y había sido uno de los que me insistieron para que fuera a ver a Carrasco allá lejos y hace tiempo.

  Tras las clásicas preguntas de rigor (cómo estás, que es de tu vida, te acordás de fulano y sutano, etcétera, etcétera) que debo reconocer me provocaban una especie de úlcera cada vez que retornaba al pueblo, interrogué sobre lo que verdaderamente quería saber y por lo que había acudido bastante temprano por ser un cotejo intrascendente de la Liga: ¿Qué le pasó a Carrasco?.

  El “Mono” Palmisiari cambió su semblante. Su expresión de cierta felicidad por reencontrarme transmutó a un indisimulado aspecto de tristeza que pocas veces le había conocido. –No sabemos –contestó en un tono monocorde, bajo y acompañado de un gesto adusto. –Hablamos con él, dice que está bien, que son etapas. No conformes lo llevamos al médico, a un psicólogo, le hicimos estudios de todo tipo y al no saltarle nada raro hasta hablamos con Norma, la curandera, pero nadie le encuentra la vuelta más teniendo en cuenta que fuera de la cancha sigue haciendo la vida normal de siempre –prosiguió y la completó de manera contundente y como fervientemente convencido: -Creo que nada más ni nada menos le llegó la cuerva descendente de su carrera a una edad temprana tal vez como castigo por haber recibido dotes extraordinarios y de experimentado en una época prematura -.

  Palmisiari me contó que los primeros signos de la caída futbolística de Carrasco habían coincidido con las desafortunadas cataratas de lesiones del grueso de los defensores del plantel (tal como hablaba el diario) y que haber tenido por ello que continuar en el equipo titular lo había llevado a una condición física decrepita. –El técnico Loyola no quiso quemar a los pibes de cuarta división y Carrasco eligió seguir jugando- cerró el “Mono” ya cuando los equipos salían al campo de juego.

  Lo dejé ahí prometiéndole seguirla después, subí diez escalones de la tribuna y me ubiqué en el sexto asiento desde el centro hacia la izquierda. Me senté, levanté la mirada y ahí lo vi a él. Carrasco estaba quieto, cerca de la línea lateral con los brazos en jarra y como ajeno al resto de sus compañeros y rivales que se prestaban a realizar los clásicos movimientos precompetitivos. Miraba hacia el banco de suplentes pero sus ojos parecían extraviados. Su apariencia no era ni cercana la del recio zaguero al que había visto dejar alma y vida, poner tripa y corazón, en un sinfín de partidos del modesto campeonato pueblerino. Jamás había imaginado que la decadencia de Carrasco quedaba tan expuesta minutos antes de iniciado el encuentro. Pensaba que era gradual, paulatina con el correr del tiempo de juego o al menos no quería creer que fuera tan estrepitosa. Y eso que todavía faltaba lo peor.       

  El primer esférico que rodó cerca de Carrasco, a los dos minutos de haberse iniciado el match, me provocó un hondo dolor de estómago sólo comparable al que solían producirme esos cafés de cancha que igual consumía. Era una acción increíble, indigna de lo que Carrasco había sido y evidentemente ya no era. El lateral derecho rival revoleó una pelota de manera cruzada que atravesó la mitad de cancha por el aire y llegó a la posición del otrora recio zaguero. Carrasco no quiso dejarla picar e intentó pegarle como venía con tan mal cálculo que su pie pasó a varios metros de distancia del balón que gracias a Dios siguió su ruta hacia las manos del arquero sin el acecho de ningún delantero opositor. Yo no podía creer lo que había visto mientras los hinchas de Juniors se reían de la impericia de Carrasco y le profanaban una catarata de adjetivos propios para la situación. Burro, tronco, madera terciada, caballo, muerto y más. Carrasco igual parecía ajeno a la situación y nuevamente posaba sus extraviados ojos hacia el sector del banco de suplentes.

  La acción siguiente de Carrasco fue muy dura de ver también. El cinco de Juniors (Morales creo que se llamaba) recuperó una pelota en el carril central de su campo, avanzó hasta la mitad de la cancha mientras los jugadores de Norte que habían tomado posiciones ofensivas retrocedían desesperados en el afán de preservar su valla, y cedió el balón a su izquierda, atacando el espacio que había dejado el cuatro norteño en pos de buscar el arco de enfrente. Por ahí venía como una tromba el once del local, perseguido a la distancia por ese lateral derecho con vocación ofensiva. Carrasco se movió hacia ese sector para intentar frenarlo con tal mala fortuna que trastabilló y cayó pesadamente sobre el césped. El volante izquierdo no tuvo inconvenientes para adentrarse en el área, cruzar el útil y depositarlo en la red para establecer el 1-0 mientras Carrasco yacía en el piso, mirando una vez más para el banco de relevos. El grito de gol de la parcialidad de Juniors se mezcló con nuevas burlas hacia el maltrecho defensor mientras los simpatizantes del visitante no dejaban de mirarse asombrados por un nuevo mal desempeño del futbolista que alguna vez supieron vitorear.

  El partido siguió y con él el andar de Carrasco, una especie de ente en el rectángulo de juego. Apenas si corría y miraba la gramilla cada tanto perdiendo total noción de lo que pasaba en el juego. No hablaba, no gesticulaba, no participaba. Sus compañeros intentaban ponerlo en órbita pero él no se daba por enterado. Era una especie de niño extraviado en la playa al que pese a los insistentes aplausos de quienes están cerca sus padres no logran encontrar.

  Lo sorprendente, si hay algo más sorprendente que toda esta trama, era que el recio zaguero que yo admiraba desde sus albores en el fútbol, una y otra vez, corriendo, trotando o estando parado, de frente o hasta de espaldas dando vuelta su cabeza, con el juego detenido o en plena acción de la que él estaba abstraído, miraba el sector en el que estaba el banco de suplentes de su equipo, justo debajo mío.

  Fue entonces que me di cuenta de que por todo lo anormal que me resultaba el entuerto de saber por qué Carrasco ya no era Carrasco no me había percatado de que él no miraba al banco de suplentes, él miraba a la platea. Yo había pasado por alto una situación que estaba sobre mis narices, justo un par de escalones debajo de mi posición, levemente hacia mi izquierda. Ahí estaba ella sentada. Ella era Camila Bevacqua, la hija del Doctor Severiano Bevacqua, presidente de Norte y apellido emblema del pueblo desde comienzos de siglo cuando el primer hombre de la familia había arribado desde el Sur italiano. Inmediatamente recordé que en uno de los reportes que me habían enviado sobre Carrasco durante mi exilio, me habían contado de un supuesto amorío entre él y esa morocha de pelo enrulado, tez blanca y sonrisa fulminante. Como nunca fui de darle validez a los rumores pueblerinos ni de prestarle atención a las parejas que se formaban y porque sólo una vez me lo habían manifestado, ese dato se me había pasado de largo hasta ese instante.
 
  Jamás supe si entre Carrasco y la esbelta Camila, a quien yo conocía solamente de vista, había sucedido algo. Si era evidente que el recio defensor estaba abatido, desgarrado, abrumado y golpeado por verla a ella allí, en cada partido de Norte, tal vez hasta en los entrenamientos, por qué no en los asados del plantel de cada semana ya que ella era miembro de la Comisión Directiva o en cada rincón del pueblo pequeño, abrazada o a los besos, como estaban ese día en la cancha de Juniors, con Gastón Pérez Monzón, hijo de un colega de Bevacqua padre.

  Cuando vi a los tortolitos ella le apoyaba levemente su cabeza sobre el hombro derecho a su novio que a la vez inclinaba la suya hacia el lugar de su amada. Levanté la mirada y divisé a Carrasco, parado, a la distancia, viendo lo que había estado  viendo desde que se inició un partido que ya no le importaba, que nunca le importó y sumergido en la depresión de ver a su amor en posesión de otro.

  No hace falta explicar porqué Carraco había mutado tanto. Tras descifrar el enigma bajé lentamente los escalones de la tribuna contemplando a la feliz pareja cuando pasé cerca de ellos. Luego no dejé de desviar mi atención sobre el futbolista que seguía con el mismo comportamiento con el que se había desempeñado en el encuentro y del que yo decidía ahí despedirme para siempre. 

  En mi camino hacia afuera del estadio pensé en que tal vez Carrasco había sido felizmente correspondido por un amor durante mucho tiempo y por eso había sido precozmente y por un largo periodo el eficiente recio zaguero que tanto me había deslumbrado, aunque, como dije antes, no soy de inmiscuirme en vidas privadas ajenas, por lo que no tenía certezas.

  De lo que sí estaba fervientemente convencido es de que ese pensamiento mío era una opción válida. El amor cristalizado hace que aflore lo mejor de uno, potenciando las virtudes al extremo y ocultando o disimulando los errores y defectos. Te ilusiona y te completa. Te hace feliz y hace que desparrames toda esa luminosidad hacia los que te rodean y a las tareas que realices, aclarando que se puede tener cierta pero breve dispersión justamente por el efecto del enamoramiento. Todo es más llevadero sabiendo que en algún momento del día te vas a ver con la persona con la que caminás por la vida a la par. Por lo menos así me sentía yo cuando me había pasado. 

  Claro que a veces te toca estar de la otra vereda como Carrasco. El amor no correspondido te voltea, te estresa, saca síntomas proporcionalmente inversos al amor consumado. Te lleva a tu mínima expresión en lo que hagas, te lastima con crueldad, te detiene en el tiempo, te dibuja una mueca triste y duradera en el rostro, te baja los hombros y encoge tu pose erguida. Te hace creer que ya nada tiene sentido. También puedo dar fe de ello porque una vez una mujer fue esquiva a mis deseos.

  No sé qué iba a hacer Martín Carrasco ahora porque yo me iba para no volver. Aquel recio zaguero tenía varias opciones. Una era cambiar de club para no estar en contacto con ella y que el olvido le gane lentamente la batalla al recuerdo. Otra era más clásica, la de aguardar que con el paso del tiempo se cure la herida, que se hiciera cáscara el dolor aunque inevitablemente quedará una cicatriz propia de los hechos que marcan nuestra vida. Podría buscar consuelo en los brazos de otra dama o también podría aguantárselo, bancarse el amor, y esperar una ruptura de la pareja aunque tal vez esta sea la variante menos aconsejable ya que eso podría no suceder nunca.    

  Quizá habrá algún otro camino para Carrasco aparte de la última drástica decisión que se me ocurre: irse del pueblo, como tuve que hacer yo.


Mario Hernán Trubiano

No hay comentarios.:

Related Posts with Thumbnails